lunes, 2 de enero de 2017


CAPITULO 45


Las luces brillaban como exangües estrellas.
Las miradas de los otros eran espejos empañados por el aliento
del tiempo. Los botes de basura nos brindaban el otro lado de la
belleza, esa que se parece a limosna y huele a perfume baratos en
envases importados. El tren detenido y las marchitas flores del
macetero del café nos daban la sensación de muerte avejentada,
de sangre seca, de óxido mal pintado.
El reloj en la pared y el sol que se escondía bajo el manto del atardecer.
Los pasajes en los bolsillos junto al documento. El miedo a lo desconocido
y el cinismo religioso que se contradecía en los embriagados labios de un fiel
cristiano que bebía sentado en frente de nosotros.
Sin disimular tu enfado por la espera me devolviste la mirada. Tu rostro
tenía el semblante cansado. Sin pensarlo tomaste mi mano y te pusiste a llorar.
Nunca supe el principio de aquel llanto. Nunca pregunté.Nunca me lo contaste.

No sé cual fue la causa que nos fue alejando. Solo hubo un intercambio de palabras
y un beso en las mejillas. Después el silencio, los insomnios, las máscaras, los
desconocidos transeúntes y el miedo a la soledad.

Cuando cierro los ojos ya no te veo. Es cierto por ratos te extraño, me haces falta.
Por ratos apareces y me besas, me llevas a tu mundo y me cuidas en secreto.
Por ratos no existes en mí.Nunca te he conocido. En mi piel no hay rastros de ti
nunca me has tocado.

JUAN ARÉVALO.




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