domingo, 1 de mayo de 2016


CARTAS PARA LUCIA.



Su forma de vestir me anudaba a su ser. Polleras largas
pintadas a temperas por ella misma, con volados con flecos  cortados
a tijera . Sus sandalias negras con hebillas y sus medias tres cuarto
de tres colores que dejaba ver cuando se sentaba en el portaequipaje
de la vieja bicicleta en la cual ibamos a los mercados, o a la biblioteca
de la ciudad... Su remera negra con soles blancos pegada al cuerpo,
se ajustaba a los contornos de sus pechos. Sus cabellos trenzados que le
llegaban a la cintura donde permanecían inmóviles como dos sogas conteniendo
los latidos que surgían de su sonrisa como destellantes ilusiones. Sus ojos grandes
y marrones contenían duelos y alegrías, lágrimas que se fundían en una castidad única.
Su pequeña nariz y sus  finos labios hacían de ella una niña grande, enamorada de las
frambuesas y los algodones de azúcar.

Todas las tardes ibamos al otro lado de la ciudad en donde las ferias artesanales
vendían toda clase de adornos que nunca compramos.
Nos divertíamos viendo girar una esfera de vidrio gigante la cual paria luces de todos
los colores. También nos entreteníamos mirando a los viejos y cansados burros que
pastaban al lado de la feria, en un terreno baldío.
El viento, trémulo, nacía de su aliento cuando soplaba una semilla de girasol o
el pétalo de una manzanilla que sutilmente danzaba como bailarina pérdida en
el tiempo.
Su vida no era más que un frágil sueño, un sucumbir en mares de inocencias y
primaveras que olían a tristezas y a pequeños trozos de chocolate con almendras.
Las noches la pasábamos mirando revistas . A veces tocaba la pandereta , sus manos
rosaban el parche  y de sus metálicas sonajas surgían cascabelescas melodías
que enamoraban, me seducían, me atrapaban y desnudaban de todo lo vivido y renacía
nuevamente diáfano y puro.
A veces ella tocaba la pandereta y el mundo ya no importaba.

JUAN ARÉVALO.








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