Se vio solo y desnudo dentro del reloj
que tanto había admirado la noche anterior.
Las horas pasaban a su lado ignorándolo
completamente . Su piel envejecía y rejuvenecía
continuamente . Soles y lunas despojaban
sus ropajes ante sus perplejos ojos.
El reloj no era más que la eternidad.
Él había muerto.
JUAN ARÉVALO.
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