domingo, 6 de marzo de 2016
Ya es tarde, las luces de la ciudad arden bajo el cielo
apenas iluminado por un par de estrellas que velan
el vacío de la plaza y el muerto descanso del lago
artificial que alguna vez baño tu desnudo cuerpo.
Ahora mientras escribo, la vida se torna una inmensa
montaña de recuerdos. Dejo por un instante mi escritura, me saco
los lentes, refriego mis ojos, prendo un cigarrillo y miro por la ventana.
Un viento bastante fuerte ha empezado a soplar, los árboles menean
sus ramas, hojas caen de ellos como esperanzas muertas que se desprenden
sutilmente de cuerpos abatidos por el tiempo.
Miro el cigarrillo, el humo esparce su melancolía por toda la habitación,
envolviéndome aun más en mi reminiscencia.
El trajinar de las horas desnudan mi soledad.Esta terminado el verano, el otoño
comienza a mostrarse .La piel reclama la tibieza de de tu cuerpo, de tus caricias ,
de tus besos enamorados de tu aliento en mi cuello y las palabras que tanto me
gustaba escucharte decir.
Termino de fumar, dejo la muerta colilla en el cenicero y vuelvo a sentarme
frente al brillante monitor que guarda las palabras que escribo para ti.
Sé que nadie las leerá, ni siquiera tú. Al escribirte te siento devuelta y te amo
como lo hice tiempo atrás,y es ahí que me pierdo en tus ojos, en tus labios, en tu egoísmo,
en tu libre vuelo de amante...Pero la realidad, intolerante a mis suplicas me despierta
de un cahetazo, entonces me vuelvo tosco y desciendo nuevamente a la tranquilidad
insana de la cordura.
A empezado a llover , lágrimas se aferran a los cristales de mi ventana, luego de unos
segundos se deslizan lentamente como las lágrimas de mis ojos que he vertido por tu ausencia .
Un relámpago ilumina una parte del cielo, siembran las ventanas... La tormenta despierta
la madrugada. Miro el reloj ya es hora de prepararme para ir a trabajar.
Mañana, nuevamente en medio de la soledad seguiré escribiendo para ti. Te traeré una vez más y haremos el amor con las manos, con las palabras, con la piel, con los ojos, con los dedos, con los vientres, con las mejillas hasta que el reloj diga que es hora de partir a la fría rutina de todos los días.
JUAN ARÉVALO
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