las luces de las marquesinas
titilaban sobre mí. Un cigarrillo
moría lentamente, tirado y humeando
en la vereda . Nadie prestaba atención a su
agonía, me detuve a contemplar a aquel
cuerpo, que ya en el silencio, reía
como ríe el otoño, como ríe la noche
cuando el sol viene y la ama apasionadamente
hasta morir en el rocío del alba.
JUAN ARÉVALO
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