La verdad desangra entre fragmentos de vidrios.
Buscó la ropa interior que más le seducía, contuvo el aliento
mientras se miraba al espejo, no tenía nada que ocultar. Se sentía
segura, hermosa, única. Por un momento su alma sollozó, su piel
se cubrió de pequeños fragmentos de historias. La vida la sorprendía
una vez más.
Nadie se detiene a observar el dolor ajeno, nadie comprende lo que
hay bajo la piel del que agoniza, todos pasan de largo ignorando las
lágrimas que mueren sobre el pavimento.
Hay reflejos en el espejo que nos dicen quiénes verdaderamente somos,
qué se oculta bajo las máscaras, qué pensamos y qué sentimos.
Ella prefirió la oscuridad antes que las miradas prejuiciosas. Dentro de su
habitación creó un mundo solo para ella. Los inquisidores están en todas
partes buscando las sobras de los infelices, sin misericordia hunden sus uñas
en la mierda y escarban y escarban hasta que el dolor y la culpa satisface
sus miserables vidas.
Carolina danzó al ritmo del humo del cigarrillo, que melancólicamente moría
entre las rendijas del cenicero. Su ropa interior la enamoraba, no era una más.
Detuvo su danza, tomó sus cabellos,de apoco fue quitando la peluca, el aire
asfixiaba, la noche apagaba sus estrellas, los paseantes uno a uno detenían su andar,
dentro de una pequeña botella un diminuto barco yacía destrozado.
El puto miedo de ser lo fue torturando, ahora Carolina dormiría por siempre.
La semilla nunca germinó, las flores nunca vieron el sol, su gato nunca se había
marchado.
Tomó el espejo y lo arrojó con furia contra la pared, la verdad se
quebró en pedazos.
La vida permanecía inmóvil, aterrada, silenciosa, vulnerable...
JUAN ARÉVALO.
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