El pacto
Lo pactado se llevaría acabo después de la medianoche.
Ella sabía que no le quedaba mucho tiempo, una extraña
enfermedad la estaba apagando. No quería sufrir, y había
pagado para no sentir dolor. Como de costumbre preparó
el café, las pastillas para dormir y el libro que había elegido
releer por última vez. No tenía ninguna clase de miedo, nunca
sintió temor por nada. Tomó su café, terminó de leer y se recostó
sin desvestirse. Miró las pastillas, sonrío.
Él, entró sigilosamente, subió las escaleras con mucho cuidado,
una vez frente al dormitorio suspiró varias veces, del otro lado de
la puerta la tragedia definiría su historia.
Cerró los ojos y tomó el picaporte, lentamente fue abriendo,
el olor a humedad se dispersó por toda la casa.
La electricidad había sido anulada.
Contó los pasos, se detuvo al llegar a la cama, por un momento
sintió deseos de volver atrás. Poco a poco se fue desvistiendo, su juvenil
cuerpo nunca había sido corrompido por la carne.
Ella aparentaba dormir.
El instinto de procreación no da lugar a reproches.
Algo tembloroso desnudó a la agonizante, y embistió con furia.
Una vez concluida su tarea tomó la daga debajo de la almohada, el remordimiento
corría desesperado por su cuerpo, por sus lágrimas, por la filosa hoja que se abría
paso entre los pechos de la mujer.
El tic tac del reloj se detuvo bruscamente.
JUAN ARÉVALO.
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