
La niña sin rostro vuelve a desandar el sendero de sombras,
antiguos labradores de la tierra juran haber visto
a la luna beber del fondo de un lago de sangre.
No pudo la noche oscurecer a las flores, la niña sin rostro juega escondidas,
el viento trae una vieja canción de cuna.
Los árboles sollozan secretos, que solo los pájaros saben descifrar.
JUAN ARÉVALO.
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