No eran sus piernas ni sus caderas las que la hacían brillar.
Era su modo de hablar, su modo de caminar, sus pensamientos.
No era su sensualidad la que le había dado un lugar en el mundo,
era su actitud, su manera de estar en la vida y su elección de
saberse libre entre tanta jaula.
JUAN ARÉVALO.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario