miércoles, 29 de junio de 2016
Ruinas de un invierno crudo, cenizas que el tiempo
guarda dentro de una vieja botella que viaja sin rumbo en el mar apaciguado
de lo que una vez fue hermoso. Lastimar y ser lastimado,
jugar con el fuego y no quemarse , ser agua, sal, viento, lágrima,
manipular la verdad, permanecer inmóvil en medio del averno.
Tantos días de gloria que aún gritan con desesperación, intentar
moldear el barro antes que la arcilla. Prender una vela y esperar
en silencio que vengas a cenar en mi humilde casa de ventanas
marones con cristales astillados. La decadencia se viste de luto
y las alegrías salen del closet una vez más, aunque sea por última vez.
Te encontré jugando con las palabras, armando rompecabezas
en medio del desierto, fingiendo que la vida no duele.
Fui una señal, una luz de un pequeño faro olvidado, un destello
que titilaba en el fondo del jardín. Me has enseñado a odiarte y
amarte al mismo tiempo, ¿ quién fue el que se rindió primero ?.
Te encontré sentada en una montaña de sueños muertos, te vi
velándolos en una especie de locura, en un trance dimensional
que asumía cada muerte como si fuera suya. Las cadenas ya
fueron rotas, pero aún seguimos atados, tus esqueletos huelen
a naftalinas y tu mirada hiere tan hondo que no puedo evitar
amarte. Escribes y te deshaces en cada estrofa. Tu sangre fluye
como fluyen mis recuerdos y el otoño se tiñe de primaveras
y las manos ya no tiemblan y cada monedad que tengo en mis
bolsillos pierden su valor al mismo tiempo que una ráfaga de
viento me sacude una y otra vez. Te veo, tus cabellos sin peinar,
la pintura de tus ojos corre por tus mejillas, tus labios se humedecen
en una especie de sonrisa. Mi desquicio y mi cordura, mi vida
y mi muerte, mis mañanas sin café , mis pies descalzos y mi bufanda
negra. Poesías sin terminar, cartas nunca leídas y el sobretodo
mojándose bajo la lluvia...
JUAN ARÉVALO.
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