
Mi apariencia es la de una niña inocente, pero no
siempre fui una muñeca. Cuando era humana lo tuve
todo, fama, amor, dinero, familia y un perro.
Cuando morí todas mis malas acciones fueron juzgadas
y condenadas. Me dieron a elegir, el infierno, un árbol o una muñeca.
Opté por la última opción.
Fui adoptada por una niña cuyos ojos tienen el color del cielo y sus cabellos
el color del sol.
Dicen que todo se paga, que tarde o temprano nos llega la factura de lo que
hacemos y puedo asegurarles que no es mentira.
Tengo que dejar de escribir, escuché los pasos de la niña, pronto estará
aquí. Solo espero que hoy no se le ocurra jugar a ser Víctor Frankenstein.
JUAN ARÉVALO.
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